La noche del 27 de febrero, a las 3:34 de la madrugada, un
terremoto 8,8 grados en la escala de Richter sacudió con violencia
inusitada la larga y angosta faja del territorio nacional.
El sismo abarcó unos dos mil kilómetros de suelo chileno y
su fuerza devastadora se hizo sentir, como un fuerte sacudón,
tan lejos como Buenos Aires, a unos 1.200 kilómetros.
Después de sentido el movimiento telúrico, y mientras los
habitantes de las costas del litoral del centro-sur huían
despavoridas buscando lugares altos donde refugiarse, el ruido
ensordecedor del mar indicaba que el Océano Pacifico saldría
de su calma para transformarse en olas furiosas y aplastantes
de muerte y destrucción.
Desde entonces, Chile no ha vuelto a ser el mismo. Llegadas
las primeras horas de luz, las grandes ciudades y los pequeños
pueblos de las regiones centrales comenzaron a evidenciar
la descarnada capa del desastre producido. Los balnearios
se transformaron en cementerios flotantes, las olas llevaban
de un lado a otro, cuerpos mutilados, autos, casas y centenares
de elementos que vagaban silenciosos sobre el agua. Las últimas
olas de destrucción no dejaron descansar a los sobrevivientes
hasta las doce del día. Más allá, en las zonas de los valles,
las viejas casas de adobe fueron las primeras en mostrar cómo
se habían rendido a las fuerzas de la Tierra. En las ciudades
colapsaron grandes edificios y estructuras tan fuertes como
los puentes que se resquebrajaron como galletas.
Es por eso que ante la magnitud de la tragedia nuestros corazones
no podían descansar, sobre todo pensando en familiares, amigos,
pastores y hermanos en la fe que sabíamos estaban sobrellevando
en carne propia la hecatombe del sismo. El resto de Chile
que estaba vivo, y que no había sufrido más que ver algunas
de sus cosas tiradas en el suelo, se levantó de inmediato
para hacer algo, para llamar y buscar a sus seres queridos,
para organizar campañas de ayuda, para buscar por cualquier
medio la manera de apoyar al Chile sufriente.
Hoy, después de un par de semanas hemos visto a casi todas
las instituciones y organizaciones que funcionan en Chile
trabajando para llevar con sus medios apoyo a los cientos
de lugares afectados.
AYUDAR CON PRONTITUD
Apenas transcurridas las primeras horas del sábado 27, llamé
a Alejandro Huerta para saludarlo y plantearle mi inquietud,
pensaba lo mismo y estábamos de acuerdo que debíamos de inmediato
hacer surgir un plan nacional para ayudar como iglesias Asamblea
de Dios Autónoma a nuestros hermanos en el sur. Lo primero
era saber de las iglesias, pastores y amigos ubicados en la
zona más siniestrada. Como todos saben los teléfonos celulares
colapsaron rápidamente y fue imposible lograr contacto durante
los primeros días. Era casi un milagro cuando alguien detrás
de la línea contestaba diciéndome con voz entrecortada "estamos
bien". La insistencia, la paciencia y la oración fueron las
tácticas más usadas entre el sábado 27 de febrero y el martes
2 de marzo.
Para el martes la decisión del Comité General de ayudar a
las víctimas fue anunciada en nuestro sitio web, así comenzaba
la campaña: Terremoto ¡Es hora de ayudar!
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| Los jóvenes de la iglesia de Santiago
trabajaron varios días y muchas horas para acopiar la
ayuda que generosa llegó para nuestros hermanos del
sur. |
Las respuestas de las iglesias no se hicieron esperar,
también recibimos llamadas y correos electrónicos desde
el extranjero comprometiéndose con la campaña. Las iglesias
de Coquimbo, La Ligua, Viña del Mar y Santiago iniciaron
campañas locales de recolección de víveres, ropa, frazadas,
colchonetas, muebles, pañales, juguetes, artículos de aseo
y sobre todo, agua. Una empresa de Santiago hizo una importante
donación de agua envasada. Un hermano puso a disposición
del Comité un contenedor de 12 metros de largo. Poco a poco
la campaña fue tomando cuerpo y dispusimos la salida de
la ayuda para la madrugada del miércoles 10 de marzo.
Desde Coquimbo, un camión trasladó la ayuda obtenida en esa
región y en la iglesia de La Ligua. A este vehículo se le
sumó una camioneta doble cabina para trasladar a los voluntarios
de la región nortina. En Santa Rosa de Pelequén, la caravana
se reunió para emprender el viaje hacia el sur. En total eran
cuatro vehículos y ya eran las seis de la mañana.
El equipo estuvo compuesto por seis pastores, dos estudiantes
de medicina de Coquimbo, siete jóvenes de Santiago, dos choferes
y dos hermanos de Coquimbo, en total 19 personas. Los vehículos
fueron facilitados por hermanos y personas que sintieron que
así debían colaborar en esta cruzada solidaria.