La
Iglesia de Jesucristo recibió la tarea suprema de la evangelización,
responsabilidad que en estos días necesita ser revisada.
Debemos detenernos a analizar de qué manera, en nuestra
calidad de Iglesia de Cristo, estamos cumpliendo con el
mandato divino.
Al tratar el tema de la evangelización, en esta oportunidad
lo haré basado en algunas declaraciones que encontramos en
las páginas del Nuevo Testamento. Es por ello que deseo que
pongamos atención a ciertas verdades escriturales relacionadas
con la evangelización:
1. El mandato de la evangelización.
La evangelización es un mandato que en este tiempo merece
toda la atención, comprensión y decisión de la Iglesia. Primeramente,
porque fue el propio Jesús quien delegó esta responsabilidad
a sus discípulos (Mat. 28:19). No fue el impetuoso Pedro quien
entregó esta instrucción, tampoco fue el amado Juan ni el
ex cobrador de impuestos, Mateo, sino que fue el propio Señor
Jesucristo, aquel que, después de haber resucitado, dijo:
"Toda potestad me es dado en el cielo y en la tierra" (Mat.
28:18).
El apóstol Juan cuenta en su evangelio que Jesús les habló
diciendo: "Como me envío el Padre, así también yo os envío"
(Juan 20:21).
La responsabilidad de la evangelización no es la idea de un
presbiterio sólido, tampoco de un pastor erudito o de un carismático
evangelista; es un mandato que viene del propio Señor Jesús
y recae directamente sobre toda su Iglesia.
Por otra parte, el mandato de la evangelización es imperativo
y no da lugar a objeciones. La orden es ID (Mat. 28:19). El
ID no es una expresión pasiva, sino activa. El mandato de
la evangelización implica acción, conlleva la idea de ir y
no permanecer, de salir y no quedarse, de buscar y no esperar.
Pablo entendió muy bien el ID; cuando se dirige a los creyentes
de Roma cita la Escritura: "Cuán hermoso son los pies de los
que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas" (Rom.
10:15).
Robert Coleman escribe al respecto: "La Evangelización no
es un accesorio optativo de nuestra vida. Es el palpitar de
todos los que hemos sido llamados a ser y hacer. Es la comisión
de la Iglesia que da significado a todo lo demás que se emprende
en el nombre de Cristo".1
2. El método de la evangelización.
Al igual que ciertas actividades definidas, la evangelización
se vale de algunos métodos para alcanzar su meta.
Uno de los métodos usados para la evangelización es la predicación.
El evangelista Marcos revela que, uno de los propósitos por
los cuales el Señor llamó y estableció a los doce, fue para
que predicaran (Mar. 3:13 - 14).2
La expresión griega que ha sido traducida por la forma verbal
predicad, es kerusso. Esta palabra figura 61 veces
en el Nuevo Testamento y su significado es "proclamar como
un heraldo".
Es importante observar que en la versión Reina-Valera 1960
el verbo kerusso ha sido traducido por los vocablos
"publicar" (Mar. 1:45), "pregonar" (Luc. 4:18), y "divulgar"
(Mar. 7:36). Este hecho es interesante porque le da cierta
amplitud a este método de evangelización.
Publicar, pregonar y divulgar son conceptos que no se limitan
a una reunión formal, a una plataforma, a un púlpito, o a
un micrófono.
Otro método para la evangelización es el discipulado. Jesús
dijo: "Id y haced discípulos..." (Mat. 28:19). La comisión
suprema no solo involucra predicar, sino también discipular.
Esto fue precisamente lo que hizo el Maestro de Galilea con
sus seguidores durante los tres años de ministerio terrenal.
Una Iglesia que sólo predica y no discípula a sus convertidos
es una congregación que está cumpliendo la tarea evangelizadora
de una manera limitada. La misión entregada por Cristo necesita,
para su fiel cumplimiento, de nuevos obreros y ministros del
Evangelio, de hombres y mujeres que estén dispuestos a ir
y anunciar las buenas nuevas de salvación. Estos necesitan
ser preparados escrituralmente, como también en el terreno
práctico. A esto podríamos llamar "discipulado integral".
Además de predicar y discipular, como un método de evangelización,
está también el testificar. El historiador Lucas nos señala
que Jesús antes de ascender al cielo dijo a los que estaban
con él: "... y me seréis testigos..." (Hechos 1:8).
El hecho de constituirnos en un testigo de Jesucristo compromete
directa y responsablemente a todo miembro de Cuerpo de Cristo
en la labor evangelizadora de la Iglesia. Provoca desilusión
constatar que algunos creyentes ni siquiera a sus parientes,
amigos o compañeros, le han compartido su experiencia con
el Hijo de Dios.
Uno de los secretos del éxito de la Iglesia primitiva en la
tarea evangelizadora fue el testimonio valiente que cada creyente
comenzó a compartir con los inconversos. Ellos exponían su
causa ante las autoridades opositoras de la época diciendo:
"... no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído"
(Hechos 4:20). Un testigo es responsable de contar lo que
ha visto y ha oído.
Si el temor a la vergüenza es un impedimento para testificar
de la fe, necesitamos vencer aquello para escapar de la sentencia
descrita en Marcos 8:38.3
San Pablo animó a Timoteo escribiéndole: "Porque no nos ha
dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de
dominio propio". (2ª Tim. 1:7)
Debemos aprovechar todas las instancias posibles para cumplir
con lo ordenado por el resucitado. Grupos de teatro y mimos,
actividades evangelísticas en lugares públicos, evangelismo
personal, reunión de células, literatura, medios de comunicación,
etc., son alternativas que pueden ser usadas de acuerdo a
la necesidad y posibilidad de cada lugar.
No se trata de crear un activismo en la Iglesia, sino de ser
sensibles a las necesidades humanas, a las variadas posibilidades
de acción y, sobre todo, a la dirección divina. Leighton Ford
acertadamente dice: "Uno no debe hacer las cosas ni porque
siempre se han hecho así ni porque nadie lo ha intentado;
no debe actuar ni porque así lo cree conveniente ni porque
todos actúan así. El cristiano debe actuar sólo porque está
convencido de que Dios lo quiere así".4
3. El alcance de la evangelización.
Merece una atención especial las palabras de Jesús registradas
por Mateo en su evangelio: "Por tanto id, y haced discípulos
a todas las naciones..."(Mat. 28:19).
El término "nación" o "naciones" es de suma importancia porque
no es lo mismo que hablar de país o países. En el lenguaje
secular una nación es una entidad política, es decir, un país
sujeto a fronteras establecidas políticamente.
En el Nuevo Testamento la voz griega traducida como "naciones"
es ethnos, la que también suele traducirse como gentiles.
Podríamos decir que el sentido bíblico para naciones es el
de "grupos étnicos", o sea, agrupaciones sociológicas de personas
y no agrupaciones políticas.5
Debemos considerar que la tarea suprema de Hechos 1:8 no solo
abarca nuestra Jerusalén, sino que también alcanza toda Judea,
Samaria y hasta lo último de la tierra. Se comete un tremendo
error al pensar que el trabajo evangelizador debe volcarse
primeramente en Jerusalén y que, una vez hecho esto, recién
pensar en Judea. Así Samaria y lo último de la tierra van
quedando postergados indefinidamente. Jesús no dijo que primero
había que evangelizar Jerusalén y una vez terminada la tarea
allí recién había que hacerlo en Judea; luego terminada la
obra en Judea ir a Samaria y así sucesivamente.
Junto con prepararnos para trabajar en nuestra Jerusalén,
debemos buscar la ayuda divina para hacerlo también en Judea,
Samaria y hasta lo último.
Somos el fruto del esfuerzo, sacrificio y entrega de hombres
y mujeres de otras tierras, de otras culturas, que en el pasado
entendieron y tomaron en serio el mandato de Cristo de predicar
a las naciones. Algunos asumieron la responsabilidad por su
Jerusalén, pero otros fueron impulsados a ir y evangelizar
lo último de la tierra.
Es muy estimulante saber que en este siglo XXI algunas Iglesias
locales han entendido el mandato y se han atrevido a enviar
a evangelizar a otros lugares. Sin embargo, queda mucho por
hacer y el tiempo es corto.
Acertadamente Richard Sisson escribió: "Tendremos toda la
eternidad para disfrutar de nuestra corona, pero sólo algunas
horas para ganarla".6
El apóstol Juan reconoce el enorme alcance de la evangelización
al decir que Jesús es la propiciación por nuestros pecados;
y no solamente por los nuestros, sino también por lo de todo
el mundo (1ª Juan 2:2)
Cuando Pablo escribe a los colosenses les habla del evangelio
que ellos habían oído, el cual se predica en toda la creación7
que está debajo del cielo.8
En la epístola a los romanos se lee: "todo aquel que invocare
el nombre del Señor será, salvo" (Rom. 10:13)
La misión evangelizadora de la Iglesia no debe ser dirigida
a un solo grupo o tipo de persona. El evangelio es para toda
criatura, es para todo aquel. El proyectarse a un solo tipo
de gente carece del total deseo de Dios para con la humanidad
entera. La tarea evangelizadora debe apuntar a las diferentes
clases intelectuales, sociales y morales y nuestro país y
del mundo entero. Ismael E. Amaya dice: "Mientras haya una
sola persona en el mundo que no conozca a Cristo, la actividad
evangelística de la Iglesia debe continuar".9
4. El resultado de la evangelización.
Si la evangelización no garantizara resultados en favor del
hombre, todo lo que se lee y escribe al respecto no merecería
nuestra atención. Anunciar el evangelio trae como resultado
la salvación de la persona que lo escucha, lo cree y lo recibe.
Pedro fue enfático en asegurar que todos lo que creyeren en
Jesús recibirían perdón de pecados por su nombre (Hech. 10:43).
Cumplir con la gran comisión trae resultados eternos. Jesús
reveló que toda persona que cree en Él, tiene vida eterna
(Juan 3:36). Pero, también había dicho que, aquellos que se
rehusaban creer en su persona, no verían la vida, sino que
la ira de Dios estaría sobre ellos.10
Lo grave de esto es que por no creer en Cristo el individuo
no será, sino que ya ha sido condenado.
Un hombre pagano hizo la pregunta más importante que un mortal
pueda hacer: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La respuesta
fue la más sencilla y trascendente que pudiera oír: "Cree
en el en Señor Jesucristo y serás salvo" (Hech. 16:31).
Las Escrituras nos hablan de una humanidad muerta en delitos
y pecados; nos hablan de una humanidad que ha sido condenada
por causa de su pecado y está bajo la ira de Dios por no creer
en el hijo de Dios como el Salvador del mundo.
Las personas no están llamadas a elegir, sino a decidir. Es
responsabilidad de la Iglesia del Señor anunciarles las Palabras
de Vida Eterna registradas por Juan: "Porque tanto amó Dios
al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que
cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna".11
Conclusión:
La evangelización no es una opción, sino una obligación. El
mandato supremo es imperativo para la Iglesia de hoy. Ésta
debe enfrentar y asumir su rol evangelizador (1ª Cor. 1:17).
Notas:
1. Coleman, Robert: Plan Supremo de la Evangelización. U.S.A:
Casa Bautista de Publicaciones, 1994, pág. 75.
2. Véase también Marcos 16:15.
3. Jesús sentenció: "Porque el que se avergonzare de mí y
de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el
Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga
en la gloria de su Padre con los santos ángeles".
4. Leighton Ford: La Gran Minoría. Miami: Editorial Caribe,
1969, pág. 37.
5. Con este enfoque llegamos a la conclusión que, como ejemplo,
el pueblo mapuche es una nación; así también los pehuenches,
los gitanos y otras etnias o grupos sociales insertos en nuestra
larga geografía chilena.
6. Sisson, Richard: Prepárate para Evangelizar. Pág. 42.
7. El término "creación" en el griego es Ktisis, palabra que
figura 19 veces en el N. T. En Marcos 16:15 está traducida
como "criatura".
8. Colosenses 1:23.
9. Amaya, Ismael E.: Teología, Biblia y Evangelismo. San Diego:
Publicaciones de las Américas, 1986, pág. 120.
10. Jesús dijo que la persona que creía en Él no es condenada,
en cambio aquella que no creía, ya había sido condenada. La
última parte de la afirmación está en tiempo pasado; no en
futuro ( Juan 3:18 ).
11. Juan 3:16, Nueva Versión Internacional.