Durante
estos días, los diferentes medios de comunicación de nuestra
ciudad prestaron bastante atención a Madonna, artista considerada
como la "diva del pop", la que durante sus dos días de actuación
en el Estadio Nacional de nuestro gran Santiago, cautivó
a unos 140 mil espectadores.
La revista terra puntonet, comentando el fenómeno Madonna
expuso: "a pesar de que fue el ícono indiscutible del
pop de los 80, Madonna es una artista que está todo el tiempo
renovándose y ha logrado conquistar diferentes generaciones".
Ella no ha sido la única que ha ocupado un escenario en
nuestro país; otros artistas extranjeros también lo han
hecho. Sin embargo, lo que llama bastante la atención, es
que Madonna atrajo a millares como ningún otro artista durante
estos últimos años.
Fanáticos hicieron guardia alrededor del recinto deportivo
días antes de su primera presentación con el propósito de
asegurar un lugar privilegiado. Incluso se tuvo conocimiento
de un admirador de una región extrema de nuestro país que
renunció a su trabajo con el fin de viajar a Santiago y
así poder ver y oír a su "ídolo".
Ante este fenómeno nace una pregunta que nos debe llevar
a una reflexión: ¿Qué tiene esta mujer que atrae a multitudes?
La verdad es que este suceso nos permite reflexionar sobre
varios aspectos.
En esta oportunidad deseo que meditemos en un hecho puntual.
En las páginas del Nuevo Testamento se nos cuenta de un
hombre llamado Juan, quien fue en su tiempo un verdadero
fenómeno para la gente de su época. Los Evangelios nos cuentan
que las multitudes venían a él desde diferentes lugares
para escucharle y ser testigos de su vocación y conducta
un poco extraña.
La pregunta ya hecha anteriormente es aplicable a este
hombre: ¿Qué tenía Juan, el Bautista que atraía a las multitudes
de diferentes regiones? Se pueden hacer varias afirmaciones
al respecto, pero hay una declaración que da bastante luz
sobre el secreto de convocatoria que tenía Juan. Hablando
de sí mismo él dijo: "Yo soy la voz de uno que clama
en el desierto ..." (Juan 1:23).
Para tener un acercamiento a lo importante de su declaración
es necesario destacar que él no dijo que era una voz,
o una de las voces. Juan llegó a ser la voz autorizada
de Dios para la gente de su época. Habían pasado 400 años
en que no se había manifestado la voz profética; la religiosidad
y la apatía dominaban el campo espiritual. Es en este contexto
que irrumpe el hombre de Dios como aquella voz que la gente
necesitaba oír.
Parece que esto es lo que está faltando en algunas iglesias,
una voz que interprete y satisfaga las necesidades espirituales
de las multitudes que nos rodean. Es imperioso que dejemos
de ser, en algunos casos, un simple eco.
Permita Dios que, al igual que en los días de Juan el Bautista,
la gente descubra que, como iglesia, tenemos un mensaje
para las diferentes necesidades actuales como también para
las eternas.