Asamblea de Dios Autónoma de Santiago

La voz que clama

Pastor Francisco Hernández Salas

Durante estos días, los diferentes medios de comunicación de nuestra ciudad prestaron bastante atención a Madonna, artista considerada como la "diva del pop", la que durante sus dos días de actuación en el Estadio Nacional de nuestro gran Santiago, cautivó a unos 140 mil espectadores.

La revista terra puntonet, comentando el fenómeno Madonna expuso: "a pesar de que fue el ícono indiscutible del pop de los 80, Madonna es una artista que está todo el tiempo renovándose y ha logrado conquistar diferentes generaciones".

Ella no ha sido la única que ha ocupado un escenario en nuestro país; otros artistas extranjeros también lo han hecho. Sin embargo, lo que llama bastante la atención, es que Madonna atrajo a millares como ningún otro artista durante estos últimos años.

Fanáticos hicieron guardia alrededor del recinto deportivo días antes de su primera presentación con el propósito de asegurar un lugar privilegiado. Incluso se tuvo conocimiento de un admirador de una región extrema de nuestro país que renunció a su trabajo con el fin de viajar a Santiago y así poder ver y oír a su "ídolo".

Ante este fenómeno nace una pregunta que nos debe llevar a una reflexión: ¿Qué tiene esta mujer que atrae a multitudes? La verdad es que este suceso nos permite reflexionar sobre varios aspectos.

En esta oportunidad deseo que meditemos en un hecho puntual. En las páginas del Nuevo Testamento se nos cuenta de un hombre llamado Juan, quien fue en su tiempo un verdadero fenómeno para la gente de su época. Los Evangelios nos cuentan que las multitudes venían a él desde diferentes lugares para escucharle y ser testigos de su vocación y conducta un poco extraña.

La pregunta ya hecha anteriormente es aplicable a este hombre: ¿Qué tenía Juan, el Bautista que atraía a las multitudes de diferentes regiones? Se pueden hacer varias afirmaciones al respecto, pero hay una declaración que da bastante luz sobre el secreto de convocatoria que tenía Juan. Hablando de sí mismo él dijo: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto ..." (Juan 1:23).

Para tener un acercamiento a lo importante de su declaración es necesario destacar que él no dijo que era una voz, o una de las voces. Juan llegó a ser la voz autorizada de Dios para la gente de su época. Habían pasado 400 años en que no se había manifestado la voz profética; la religiosidad y la apatía dominaban el campo espiritual. Es en este contexto que irrumpe el hombre de Dios como aquella voz que la gente necesitaba oír.

Parece que esto es lo que está faltando en algunas iglesias, una voz que interprete y satisfaga las necesidades espirituales de las multitudes que nos rodean. Es imperioso que dejemos de ser, en algunos casos, un simple eco.

Permita Dios que, al igual que en los días de Juan el Bautista, la gente descubra que, como iglesia, tenemos un mensaje para las diferentes necesidades actuales como también para las eternas.