De nuevo hemos llegado al mes de septiembre que en nuestro
país tiene varios motivos para vivirlo de una manera especial.
Primero está la llegada de la primavera que implica el renacer
de la vida en general.
Segundo está la conmemoración de nuestro aniversario patrio.
En tercer lugar está la celebración del Mes de la Biblia.
Sobre el segundo tema a veces es difícil decir algo que pueda
ser comprendido por todos, porque nosotros nunca vivimos en
carne propia la dependencia de otro país. Nunca vivimos personalmente
lo que significa estar sometidos a potencias extranjeras como
ocurrió con Chile y otros países durante los siglos XVI al
XIX.
Tampoco conocimos de primera fuente lo que implicaba ser
avasallado por otros pueblos como nos relatan los libros de
historia, donde aparecen muchos hombres y mujeres que se enfrentaron
a esos invasores dando su vida por la tan ansiada liberación.
Por eso nos resulta difícil acercarnos en toda su magnitud
a lo que significan las palabras libertad y esclavitud.
Con la llegada de los tiempos contemporáneos y la globalización
ya no se concibe la idea de que una nación o grupo étnico
sea esclavo, aunque de igual manera los hay, sin embargo,
lamentablemente, dichos grupos ya no interesan tanto al resto
de la humanidad.
En la época en que vivió Jesús esta situación era más desembozada,
por eso es que muchos creyeron que Él era un libertador en
el sentido terrenal y político de la palabra, el cual los
iba a guiar contra los romanos que los tenían subyugados.
Sin embargo, muchos quedaron frustrados, porque no comprendieron
el exacto sentido de las declaraciones del Maestro. No entendieron
que el hombre no sólo tiene una característica material, sino
también una espiritual que trasciende más allá de la muerte.
No intuyeron que sus palabras no sólo estaban siendo pronunciadas
para esos momentos, sino para la eternidad.
Lo mismo sucede ahora.
Muchos se ufanan de ser “libres” porque hacen lo que les
da en gana, sin tener que rendir cuentas a nadie. Pero precisamente
ahí está el quid del asunto, porque ellos son más esclavos
que todos.
Por eso es notable lo que dijo Cristo en el evangelio según
San Juan capítulo 8 y versículos 31 al 36, donde rescatamos
dos frases: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”,
y “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.
¿Libres de qué? Del pecado, ni más ni menos, porque como
dice La Biblia, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos
de la gloria de Dios”.
Una vez conseguida esa libertad hay que cuidarla, porque
¿qué pensaría nuestro libertador si caemos de nuevo en la
esclavitud por la cual tanto luchó que incluso dio su vida
en la cruz del Calvario?