El
comienzo de este nuevo año fue bastante violento.
Por lo mismo, cuesta hacer un resumen de lo vivido durante
los 12 meses anteriores, porque la globalización de las comunicaciones
nos estremeció en la última semana de diciembre con dos hechos
que todavía están en las agendas periodísticas del mundo.
Por eso, al analizar el tiempo transcurrido se acrecienta
el convencimiento de que la Biblia se sigue cumpliendo en
forma inexorable, a pesar de que para algunos es un libro
más.
Primero fue un fortísimo terremoto registrado el domingo
26 de diciembre en el norte de Indonesia, el que provocó un
gran maremoto que afectó el sudeste de Asia y el este de África.
Por ahora sigue aumentando el número de muertos, y se acerca
a los 150 mil; los desaparecidos suman decenas de miles; los
heridos sobrepasan el medio millón y los damnificados son
varios millones de personas.
A
través de los medios de comunicación se conocen, cada día,
los denominados casos humanos de personas que sobrevivieron
a esta megatragedia.
Incluso los científicos ya indicaron que la fuerza de la
naturaleza que se desató ese día modificó la inclinación del
eje de rotación terrestre en unos cinco o seis centímetros
lineales, lo que provocará muy leves variaciones en la duración
de los días.
Ahora se teme una gran epidemia debido a las nulas condiciones
de salubridad en que quedaron muchísimas personas e incluso
podría existir una catástrofe en el aspecto mental, ya que
muchos comienzan a vivir con el miedo de ser tragados por
algún muro de agua.
Uno de los aspectos que causa asombro es que hubo personal
especializado que sabía que se había formado una gran ola
debido al terremoto, pero no había a quién avisarle para que
tomara las medidas que hubiesen impedido tanta mortandad.
El segundo impacto fue más cerca. Casi 190 personas murieron
en una discoteca de Buenos Aires, Argentina, el jueves 30
de diciembre, luego que alguien lanzara una bengala mientras
actuaba un grupo de rock. Hay más de 700 heridos y las cifras
siguen: el local tenía capacidad para 1.100 personas y esa
noche había cerca de 4.000.
Al contemplar ambas catástrofes y sumarlas con todo lo que
ocurre hoy en el mundo, de lo cual conocemos casi instantáneamente,
no podemos sino seguir creyendo, firmemente, que los últimos
tiempos están demasiado cerca.
Por eso es que como cristianos sabemos que es imposible que
este Año Nuevo será mejor que el que ya se fue, y no es que
seamos pesimistas, sino que salta a la vista lo que el propio
Jesús les dijo a sus discípulos en el monte de los Olivos,
cuando le preguntan sobre los últimos tiempos. La respuesta
está en el capítulo 21 del evangelio según San Lucas.
“Se levantará nación contra
nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos,
y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá
terror y grandes señales del cielo.”
Pero también dijo que sus seguidores sufrirán persecución
por causa de su nombre.
“Y esto os será ocasión
para dar testimonio. Proponed en vuestros corazones no pensar
antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque
yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir
ni contradecir todos los que se opongan. Mas seréis entregados
aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos;
y matarán a algunos de vosotros; y seréis aborrecidos de
todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra
cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras
almas”.
En el inicio de un nuevo año hay dos interrogantes que responder.
¿Estamos dispuestos a entregarle el mensaje
de salvación a todos para que no mueran sin conocer a Cristo?,
¿Estamos dispuestos a pagar el precio por ser seguidores
de Cristo?
EDITORIAL
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