Una serie de situaciones nos muestra en la práctica que
no nos queda ninguna otra posibilidad que enfrentar esta
realidad. Cuando llega marzo nos ponemos a pensar en cómo
será la planificación de nuestra vida en diversos ámbitos,
especialmente en las áreas de estudio y trabajo.
Para hacerlo incluso miramos con más detenimiento el calendario
para conocer exactamente cuántos días festivos hay, y cuántos
corresponden a fines de semana largos para aprovecharlos
en descansar y desentendernos de nuestra rutina. Sin embargo,
pocas veces nos planificamos en el terreno espiritual. Qué
voy a hacer para Dios este año. ¿Estaré dispuesto o dispuesta
para que Él haga, de verdad, su voluntad en mí?
Los tiempos se siguen acortando y cada día las señales
mundiales indican que la segunda venida de Cristo se acerca.
Cuando eso acontezca ya no habrá más tiempo y las puertas
del cielo se cerrarán, ¡pero todavía hay tantas personas
en el mundo que no han escuchado las buenas nuevas del evangelio!
Sin ánimo de entrar en polémica, la población mundial es
de unos seis mil 500 millones de personas y los evangélicos
o protestantes suman poco más de 385 millones. En nuestro
país, según el censo de 2002, los evangélicos pasamos de
12,4% a 15,14%, o sea, en 10 años hubo un incremento de
apenas un 2,74%.
A veces pensamos que debemos hacer grandes obras para demostrar
que somos hijos de Dios. Sin embargo, para comenzar a veces
basta con vivir diariamente como Cristo viviría si estuviese
en este mundo. Vivir con esa flexibilidad con que dejaba
perplejos a los maestros de la ley y también a sus más cercanos.
Eso ya marcará la diferencia que los demás notarán.
Durante el mes de enero pasado, los jóvenes de Santiago
tuvieron el desafío de compartir las buenas nuevas con personas
de Coquimbo e Iquique y a través de sus vivencias se percataron
que la gente está ávida de conocer, realmente, a Jesús con
la salvación que ofrece a través de su muerte en la cruz
del Calvario, y eso hay que tomarlo muy en cuenta. No se
trata de un ofertón ni de un camino fácil, pero a pesar
de todo, Él no nos da más peso del que podemos llevar.
Dios desafía a su pueblo a cosas nuevas y es el tiempo
de asumir tales retos con la visión de que en el pasado
Él nunca nos desamparó.