
El
domingo 15 de mayo se celebró Pentecostés. Esta fecha recuerda
el día en que el Espíritu Santo cayó sobre los apóstoles.
De esta manera, Jesús cumplía la promesa que les había hecho
poco antes de ser alzado al cielo: "pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me
seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y
hasta lo último de la tierra".
Pentecostés significa "cincuenta" y cayó justo 50 días después
de la crucifixión de Cristo. Para los judíos era la Fiesta
de Pentecostés, que también se conocía como Fiesta de las
primicias, o de las cosechas, ya que ese día se presentaban
a Dios los primeros frutos de la cosecha.
Pedro, Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo,
Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo
estaban en Jerusalén, en el aposento alto, junto a otras personas,
perseverando "unánimemente en oración y ruego".
No estaban perdiendo el tiempo o comentando los hermosos
momentos que habían pasado con el Maestro. Tal vez reclamaban
la presencia del Consolador prometido, o quizás demandaban
el poder ejecutivo de la Deidad.
"De repente vino del cielo un estruendo como de un viento
recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban
sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de
fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos
llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen".
El resultado inmediato: Pedro se levanta y su predicación
fue tan poderosa que "los que recibieron su palabra fueron
bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas".
En nuestro país, el Espíritu Santo también ha hecho de las
suyas cuando a comienzos del siglo pasado conmovió a Valparaíso
y provocó divinos estragos en el país.
La pregunta surge espontánea: ¿estamos preparados para ser
instrumentos del Espíritu Santo, dejándonos llevar por su
maravillosa actividad? ¿O deseamos que todo esto siga siendo
historia?
La obra del Espíritu Santo no sólo es al interior de la Iglesia,
sino que también hacia fuera, hacia el mundo, hacia quienes
no conocen la obra redentora de Jesús en la cruz del Calvario.
Muchas veces pedimos ser llenos de este poder, y la pregunta
vuelve a plantearse: ¿estoy preparado para que este poder
se anide en mí?