De
nuevo estamos en septiembre, mes que en nuestro calendario
está marcado con rojo el día 18, porque se celebra
nuestra independencia de España, o mejor dicho, la fecha
en que se manifestó de palabra y de hecho el deseo de los
chilenos de gobernarse en forma autónoma, a través de esa
Junta de 1810.
En esta fecha se recuerda a quienes dieron sus vidas por
liberarse totalmente de los conquistadores ibéricos, después
de 268 años desde la llegada de Pedro de Valdivia a Chile,
la que se ratificó el 5 de abril de 1818.
La palabra libertad tiene un atractivo especial, ya que desde
los tiempos más remotos el hombre siempre ha tratado de preservarla,
incluso muriendo por tratar de conseguirla o mantenerla.
En la Antigüedad hubo pueblos que a través de las armas le
arrebataron a otros esa libertad y sus territorios, haciéndolos
esclavos y sojuzgándolos. Los dominadores podían vender, usar
o simplemente matar a los vencidos. No se escapaba nadie,
ya que mujeres, hombres, niños y ancianos quedaban en la categoría
de esclavo.
Era lo que pasaba en el tiempo de Jesús. Los judíos estaban
bajo el yugo de los romanos. Con anterioridad habían sido
subyugados por los egipcios, asirios, babilonios, persas,
griegos, sirios. O sea, cuando Jesús habló de libertad y de
proclamar la libertad a los cautivos, los judíos conocían
el tema. Claro está que Cristo estaba hablando de la esclavitud
del pecado y no de una liberación política.
En los tiempos actuales casi todos los países son libres,
pero subsiste la confusión, ya que muchas personas creen que
son libres, porque nadie las lleva cautivas de un lado a otro
o simplemente nadie las vende de uno a otro dueño, pero son
esclavos del pecado, de sus pasiones y vicios. A pesar de
ello, tales individuos ni siquiera intentan cambiar su destino,
porque el mundo los tiene tan embobados que no son capaces
de darse cuenta de su situación.
También se confunden libertad y libertinaje, porque tales
personas alegan que la libertad no tiene límites, pero el
uso de esa libertad siempre va a implicar responsabilidad,
precisamente lo que muchos no están dispuestos a asumir.
Incluso así lo señala el diccionario de la Real Academia Española
de la Lengua en su primera acepción para la palabra libertad:
"Facultad natural que tiene el hombre de
obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es
responsable de sus actos".
Dios siempre ha deseado que seamos libres para elegir siempre
lo mejor, pensando en la vida eterna, y le dio al hombre voluntad
propia. Precisamente esa voluntad propia mal empleada es la
que hace persistir al ser humano en su esclavitud del pecado.
"Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído
en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente
mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará
libres. Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás
hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?
Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo
aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo
no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre.
Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres".
San Juan 8: 31-35 (Reina-Valera 1960)