Es
fácil y difícil desearle a una persona, en estos días, que
tenga un próspero año nuevo 2009.
Es fácil, porque nuestras relaciones humanas diarias, en
general, nos llevan a repetir ciertas normas básicas de
educación.
Es fácil, porque de esta manera evitamos explicar por qué
no se lo deseamos.
Es fácil, porque en medio de la euforia de estos días, en
que se cambia de año, en nuestro inconsciente, también queremos
que nos vaya bien.
Lo difícil es que tomando en cuenta el año que acaba de terminar
con sus gravísimos problemas de empleo, económicos, de paz
mundial, y de convivencia nacional, resulta muy complicado
proyectar un escenario de prosperidad.
También es difícil decirlo, cuando incluso autoridades a
niveles nacional e internacional han dicho que 2009 será un
año muy complicado.
Asimismo, es muy complicado este deseo de prosperidad sabiendo
que los hechos mundiales confirman cada día que la Biblia
se está cumpliendo de manera inexorable.
Por tal razón, aunque suene muy pesimista, no se puede esperar
que 2009 sea un año próspero en lo material, pero eso podría
implicar una gran prosperidad espiritual. No se debe olvidar
que en situaciones complicadas, el ser humano levanta sus
ojos al cielo y percibe que hay un Dios, nuestro Dios.
La segunda venida de Cristo está más cerca que nunca y es
imposible esperar tiempos de abundancia y bonanza. La Biblia
no lo dice así.
En el intertanto, las palabras que Jesús dijo poco antes
de ascender al cielo, nos deben instar no sólo a predicar
la Palabra, sino a hacer discípulos con todo lo que esto implica.
Además, hay que confiar en que estará con los suyos hasta
el fin del mundo.
Y Jesús se acercó y les habló
diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas
que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Mateo 28:18-20.